El póker en los vapores del Mississippi: lo documentado y lo inventado
La estampa la conoce todo el mundo: un vapor de ruedas bajando el Mississippi, un salón con lámparas de gas, y un tahúr de chaleco bordado quedándose con la plantación de un incauto. Es una imagen tan sólida que cuesta creer que casi ninguna parte de ella esté documentada.
Lo que sí hay es un puñado de textos, cuatro o cinco, escritos por gente con intereses evidentes y publicados décadas después de los hechos que cuentan. Este artículo los repasa uno a uno. La versión real resulta ser más rara y más divertida que la romántica, y de paso explica por qué el póker acabó siendo el juego que entrenas hoy.
Conviene empezar por ahí, porque afecta a todas las ilustraciones que verás en este artículo y en cualquier otro sobre el tema. No existe ni una sola fotografía del póker fluvial de los años treinta del siglo XIX. El daguerrotipo se presentó en 1839 y tardó años en ser portátil. Todo lo que tenemos es litografía comercial posterior, grabado de libro y reconstrucción. La imagen que la cultura popular tiene de esta época se fabricó, literalmente, después de la época.
La primera partida que alguien puso por escrito era una estafa
El testimonio más antiguo que describe una mano concreta es el del actor inglés Joe Cowell, en Thirty Years Passed Among the Players in England and America (Harper & Brothers, 1844). Los hechos que cuenta son de 1829 y no ocurren en Nueva Orleans, sino a bordo del vapor Helen M’Gregor, rumbo a Nueva Orleans. La confusión entre las dos cosas es el primer error que arrastran casi todas las divulgaciones del tema.
Cowell estaba aprendiendo a jugar al euchre cuando se fijó en la mesa de al lado:
“One night, while I was getting instructed in the mysteries of uker, and Sam was amusing himself by building houses with the surplus cards at the corner of the table, close by us was a party playing poker.”
Lo que describe a continuación no es una partida épica. Es un timo. Un pasajero al que llama «el caballero de las gafas verdes» aprovecha el desconcierto de un encallamiento para apilar la baraja y repartir tres manos monstruosas: cuatro damas con as, cuatro jotas con as, y cuatro reyes con as. El plan era cobrar. Falló por un detalle que cualquiera que haya jugado reconoce al instante: la mano ganadora, cuatro reyes, le tocó por accidente a un abogado joven, hijo del alcalde de Pittsburgh, que según Cowell “was unconscious of the real value of his hand”. Se llevó los 2.023 dólares del bote sin enterarse muy bien de qué había pasado.
La primera partida de póker de la historia escrita la ganó alguien que no sabía lo que tenía. Es un origen bastante más honesto que la leyenda.
Veinte cartas, cuatro jugadores y ninguna escalera
El juego de 1829 se parecía poco al actual. Cowell explica que se jugaba solo con ases, reyes, damas, jotas y dieces, cinco cartas por cabeza, cuatro jugadores, sin descarte y sin cartas comunitarias. Se apostaba y se enseñaba.
Un detalle sabroso: al describirlo, Cowell escribe “twenty-five cards only”, pero las cartas que enumera son veinte. La fuente más antigua y más citada sobre el póker contiene un error aritmético en su frase más citada. Historiadores como David Parlett lo anotan con un «[sic]»; buena parte de las webs de póker lo corrigen en silencio y le atribuyen a Cowell un número que no escribió.
Jonathan H. Green confirma la estructura en An Exposure of the Arts and Miseries of Gambling (1843): “It is usually played with twenty cards, that is, ace, king, queen, jack, and ten, of each suit… It is played by two, three, or four persons, each having five cards; no trump is used”.
Con veinte cartas hay consecuencias que cambian el juego entero:
- No existe el color. Con cinco cartas de cada palo, las combinaciones de palo no aparecen como categoría útil.
- No existe la escalera. Todas las cartas son consecutivas, así que la secuencia no distingue nada.
- Los cuatro ases son imbatibles. Cowell lo dice sin rodeos: “The four aces, with any other card, cannot be beat”.
Ese último punto es el que acabó rompiendo el juego. Una mano invencible es un problema de diseño, y la solución llegó con el mazo completo. En el mismo libro de 1843, Green ya describe también “a game of full deck poker, which is played with the full pack of fifty-two cards”, jugado por seis personas. Ahí está el motor real del cambio: el mazo creció para que cupiera más gente en la mesa, y el color apareció de rebote. La escalera tardó décadas más y su adopción fue una discusión moral antes que técnica, porque eliminaba precisamente esa mano imbatible.
Si quieres ver hasta dónde ha llegado esa jerarquía que entonces no existía, el ranking de las 169 manos iniciales es el descendiente directo de aquel debate.
Por qué el barco
El tráfico fluvial creció de forma brutal. Las llegadas de vapores al puerto de Nueva Orleans pasaron de 21 en 1814 a 2.770 en 1846, cuando la ciudad era el cuarto puerto comercial del mundo. La navegación río arriba, que era el cuello de botella, se resolvió en 1816 con el Washington de Henry Shreve: Nueva Orleans a Louisville en 25 días. En 1853 la misma ruta se hacía en cuatro y medio.
Sobre por qué esos barcos se llenaron de partidas, las fuentes contemporáneas coinciden en tres cosas, todas recogidas por el historiador Thomas Ruys Smith en Blacklegs, Card Sharps, and Confidence Men (LSU Press, 2010):
- Ocio forzoso entre desconocidos. Días encerrados con gente a la que no volverás a ver, en un salón cerrado, sin nada que hacer.
- Todo el mundo llevaba efectivo encima. En una época sin transferencias fiables, el dinero viajaba en persona, en el bolsillo del pasajero.
- La tripulación cobraba. Edward Eggleston escribió en 1872 que un porcentaje de las ganancias de los tahúres era una de las prebendas del capitán. John O’Connor apuntaba que el tramposo de cartas marcadas no podía operar sin la complicidad del barman, a quien pagaba parte.
En 1833 el viajero Thomas Hamilton se topó con un capitán que “was decidedly the greatest gambler on board; and was often so drunk as to be utterly incapable of taking command of the vessel”. El barco no era un sitio donde se toleraba el juego: era un negocio del que el juego formaba parte.
Vicksburg, 1835: el río no fue la cuna, fue el refugio
Aquí está el dato que le da la vuelta a la historia estándar.
El 4 de julio de 1835, en Vicksburg (Mississippi), un tal Francis Cabler reventó la barbacoa del Día de la Independencia organizada por la milicia local. Lo detuvieron armado con una pistola cargada, un cuchillo grande y un puñal. Lo ataron a un árbol, lo azotaron, lo emplumaron y le dieron 48 horas para desaparecer. Esa noche, una asamblea en el juzgado dio 24 horas a todos los tahúres profesionales de la ciudad y fijó cien copias del bando por las esquinas.
La mayoría se marchó. El día 6, la milicia y varios cientos de vecinos entraron en el distrito de juego de la ribera destrozando ruletas y mesas de faro. En la cafetería de Alfred North hubo disparos y murió el doctor Hugh Bodley, miliciano. Cinco hombres señalados como tahúres fueron ahorcados y sus cuerpos colgaron veinticuatro horas. El monumento a Bodley sigue en pie: «Murdered by the Gamblers July 5, 1835 while defending the morals of Vicksburg».
El historiador Joshua Rothman lo describe como el brote de violencia extralegal más mortífero en los estados esclavistas entre la insurrección de Southampton y la Guerra Civil. La noticia llegó a Londres a finales de agosto, y Lincoln lo criticó en su discurso del Liceo de Springfield en 1838.
Lo interesante viene después. El Louisville Advertiser escribió que los sucesos “have kindled a spirit throughout the lower country… obliging the blackleg fraternity to make their escape with all haste”. Los pueblos ribereños hicieron limpieza en cadena, y los tahúres se fueron al único sitio donde ninguna asamblea municipal tenía jurisdicción: el agua. Como resume el historiador John Findlay, el vapor vino a sustituir a los barrios de juego de la ribera.
El tahúr del Mississippi no nació en el barco. Acabó en el barco porque lo echaron de tierra firme, en una fecha concreta y por un motivo concreto.
Y hay una ironía que el propio Green, el mayor experto antijuego del país, dejó por escrito sobre Vicksburg: no tenía duda de que tres cuartas partes de los ciudadanos de la ciudad eran más o menos aficionados al juego. Ahorcaron a cinco forasteros por un vicio que practicaba el vecindario.
Un solo libro fabricó casi todo el imaginario
George Devol publicó Forty Years a Gambler on the Mississippi en 1887, a los cincuenta y ocho años, sobre hechos de hasta cuarenta años antes, en su propia editorial (Devol & Haines). Es un libro entretenidísimo y es, con diferencia, la fuente más influyente sobre el tema.
Demasiado influyente. Thomas Ruys Smith lo dice sin adornos: la mayoría de las historias populares sobre el juego en los vapores son rastreables hasta las memorias de Devol. No estamos ante muchas fuentes que coinciden. Estamos ante un libro autopublicado reciclado durante ciento cuarenta años.
Louis Hunter, el historiador económico de referencia sobre los vapores, despachó sus relatos por “the heavy coating of adventure and excitement with which his tales are varnished”. Bernard De Voto lo usaba como correctivo a Mark Twain: leer a Devol, decía, basta para percibir que el río tal como fue no es el río de Twain.
El propio Devol no disimulaba el personaje. Cuenta que tiró sus herramientas al río declarando que pensaba vivir de tontos y primos, y moraliza sus estafas con un “it is a good lesson for a dishonest man to be caught by some trick, and I always did like to teach it”. Sus cifras, incluidos los dos millones de dólares que dice haber ganado, no se sostienen.
Sírvelo como literatura. Nunca como estadística.
”pure humbug”: el desmentido llegó en el siglo XIX
Las fortunas fabulosas ganadas en las mesas de los vapores son la parte más querida de la leyenda, y ya había quien se reía de ellas cuando la leyenda se estaba formando. John O’Connor, que era del gremio, escribió:
“As for the tales regarding the fabulous sums bet at poker-tables on our western rivers, they are all pure humbug. I have grave doubts whether a brag of two thousand dollars has ever been lost and won at a card-table on the Mississippi River, since the steamer Pennsylvania descended that stream in 1813.”
Dudaba de que se hubiera visto un solo bote de dos mil dólares en el río en sesenta años. Y no era el único harto del asunto: en 1849, un colaborador del semanario Spirit of the Times, que publicó una veintena larga de relatos de juego fluvial entre 1840 y 1859, ya se quejaba de que las historias de cartas de la revista estuvieran «siempre» ambientadas en el Mississippi. El cliché era reconocible como cliché catorce años después de Vicksburg.
El tahúr elegante del vapor es, en buena medida, un personaje literario. Benjamin Drake se lo presentó a sus lectores como tipo nuevo en 1836, el Spirit of the Times lo industrializó, Devol le puso cara y luego lo heredaron Edna Ferber en Show Boat, el Rhett Butler de Margaret Mitchell y el Thomas Sutpen de Faulkner.
Cuatro cosas que se repiten y no se sostienen
| Lo que se dice | Qué pasa realmente |
|---|---|
| El póker desciende del As Nas persa | Las primeras descripciones del As Nas son de 1890 y 1895, sesenta años posteriores al póker documentado. Además «as» viene del francés as, lo que apunta a influencia europea en dirección contraria. La propuso Stewart Culin en 1895 y Parlett la desmontó en los noventa. |
| Green llamó al póker «the cheating game» en 1834 | La frase no aparece en el texto de Green. Circula por citación en cadena. Lo que sí es cierto, y es mejor, es que Green describe el póker dentro de un libro dedicado a enseñar cómo se hace trampa, y dedica más espacio a amañarlo que a jugarlo. |
| Había entre 600 y 800 tahúres profesionales en el río | La cifra aparece sin nota ni fuente en divulgación, y no tiene equivalente en la literatura académica. Suena rigurosa porque es un rango. |
| Lo inventó Henry Clay de joven | Cowell lo recoge en 1844 como rumor, no como hecho: “invented, as it is said, by Henry Clay when a youth”. Sirve para algo mejor: demuestra que las leyendas del póker nacieron a la vez que el póker. |
La tesis del origen francés, la del poque derivado del pochen alemán, es la mejor que hay, y aun así conviene decir lo que es. Parlett la defiende por etimología: “Je poque d’un jeton” es el paralelo exacto de apostar una ficha. Pero el poque era un juego de treinta y dos a treinta y seis cartas para hasta seis jugadores, con una estructura distinta, y no existe ningún documento que muestre a nadie jugando al poque en Nueva Orleans. Es una inferencia razonable. No es un hecho.
Lo que sí heredamos
De todo aquel ruido queda una cosa sólida, y es la que sigue en pie ciento noventa años después: el póker es un juego de información incompleta donde el dinero es un detalle y la decisión es el juego. Los tahúres del río lo entendieron perfectamente. Su ventaja no estaba en la suerte ni en las cartas marcadas, o no solo ahí; estaba en saber qué manos eran probables cuando el rival no lo sabía.
Eso es exactamente lo que hoy se puede entrenar sin poner un céntimo, y con herramientas que en 1829 habrían parecido brujería. La calculadora de equity simula miles de repartos para decirte tu porcentaje real de victoria. El visualizador de rangos te obliga a pensar en el abanico entero de manos del rival, que es la habilidad que separaba al caballero de las gafas verdes del abogado que ganó sin enterarse. Y en tu entrenamiento puedes repetir spots hasta que la decisión correcta salga sola.
Los cuatro ases ya no son imbatibles, y afortunadamente ya no hace falta subirse a un barco ni jugarse el sueldo para aprender. Lo que no ha cambiado es la parte difícil: decidir bien con lo que sabes, cuando todavía no sabes cómo acaba.
Fuentes primarias: Joe Cowell, Thirty Years Passed Among the Players in England and America (1844); J. H. Green, An Exposure of the Arts and Miseries of Gambling (1843, ed. consultada 1847); George H. Devol, Forty Years a Gambler on the Mississippi (1887); Vicksburg Register, 9 de julio de 1835. Secundarias: Thomas Ruys Smith, Blacklegs, Card Sharps, and Confidence Men (LSU Press, 2010); Joshua D. Rothman, «The Hazards of the Flush Times», Journal of American History 95:3 (2008); David Parlett, A History of Card Games; Louis C. Hunter, Steamboats on the Western Rivers (Harvard UP, 1949).